viernes, 27 de marzo de 2015

Reafirmación del yo local: la semana Santa.

Reafirmación del yo local: la semana Santa.

  Llega la semana santa y todo el mundo se apunta a ella, los cristianos más devotos, los no practicantes, los menos creyentes, los ateos más acérrimos, incluso los agnósticos dubitativos.  Y es que es difícil renunciar a las vacaciones, torrijas y platos de potaje, a las procesiones en masa y las quemas de Judas acompañadas de juegos infantiles, de toda la vida.

   Aunque me desvío de la razón y la lógica, hoy invocaré a las tradiciones, ya que nuestra cultura hoy en día que está en peligro de extinción como consecuencia del depredador globalizador.

Y es que hoy  en día cerrarse en bando ante el fenómeno globalizador es casi “suicidarse a la realidad”, porque las garras de las empresas universales  tienden a deshacer todo lo propio de una comunidad, de una nación, de una cultura, tanto sus economías como sus costumbres.

   Por ello debemos defender nuestras tradiciones, nuestro yo local, frente a la desgarradoras fuerzas del capital y cultura global, en la que prima como válido los que unos pocos deciden que es bueno. Y aunque no soy de los extremistas que dicen que nunca va al burguer, es que no tiene comparación esa gastronomía rápida con el sabor de nuestras tradiciones, nuestras torrijas y potajes  en sus distintas variedades. Además la emoción  del clamor popular,  de la celebración, las propias imágenes adquieren dimensiones emblemáticas como referentes simbólicas de barrios, pueblos, ciudades y sectores sociales, que reivindican los nuestro, lo propio.

   Por suerte, lejos de perder importancia, incluso ha resurgido en lugares donde había desaparecido, y se ha implantado en otros donde nunca antes se habían realizado rituales como los que hoy tienen lugar. La Semana Santa constituye, pues, un fenómeno cultural complejo cuyas funciones, significados y formas, desbordan ampliamente su dimensión religiosa, y su interpretación acoge dimensiones sociales, económicas, estéticas, emocionales y sobre todo identitarias.


   
Para terminar,  me quedo con el mensaje de cuaresma del papa Francisco  en que el pontífice denunció hace poco lo que definió como la "globalización de la indiferencia", la actitud egoísta e indiferente ante el sufrimiento de los demás y que ha alcanzado, dijo, una dimensión mundial.

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