Llega la semana santa y todo el mundo se apunta a ella, los cristianos más
devotos, los no practicantes, los menos creyentes, los ateos más acérrimos,
incluso los agnósticos dubitativos. Y es
que es difícil renunciar a las vacaciones, torrijas y platos de potaje, a las
procesiones en masa y las quemas de Judas acompañadas de juegos infantiles, de toda la vida.
Aunque me desvío de la razón y la lógica, hoy invocaré a las tradiciones, ya
que nuestra cultura hoy en día que está en peligro de extinción como
consecuencia del depredador globalizador.
Y es que hoy en día cerrarse en
bando ante el fenómeno globalizador es casi “suicidarse a la realidad”, porque
las garras de las empresas universales tienden
a deshacer todo lo propio de una comunidad, de una nación, de una cultura,
tanto sus economías como sus costumbres.
Por ello debemos defender nuestras tradiciones, nuestro yo local, frente a
la desgarradoras fuerzas del capital y cultura global, en la que prima como
válido los que unos pocos deciden que es bueno. Y aunque no soy de los extremistas
que dicen que nunca va al burguer, es que no tiene comparación esa gastronomía
rápida con el sabor de nuestras tradiciones, nuestras torrijas y potajes en sus distintas variedades. Además la emoción del clamor popular, de la celebración, las propias
imágenes adquieren dimensiones emblemáticas como referentes simbólicas de
barrios, pueblos, ciudades y sectores sociales, que reivindican los nuestro, lo
propio.
Por suerte, lejos de perder importancia, incluso
ha resurgido en lugares donde había desaparecido, y se ha implantado en otros
donde nunca antes se habían realizado rituales como los que hoy tienen lugar.
La Semana Santa constituye, pues, un fenómeno cultural complejo cuyas
funciones, significados y formas, desbordan ampliamente su dimensión religiosa,
y su interpretación acoge dimensiones sociales, económicas, estéticas,
emocionales y sobre todo identitarias.
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